¿A quién temía más? ¿Al hombre dominante cuya presencia incendiaba mi sangre o a aquellos que aguardaban en los márgenes para devorar lo que quedara de mí después?
Adoro la dualidad de ese miedo. Es el dilema pervecto: el fuego que consume y arde o las sombras silenciosas que te consumen desde dentro sin que lo notes.


